lunes, 16 de julio de 2018

La araña - Clarice Lispector - La risa de la medusa, Helene Cixous




"Miraba, miraba. Casi de inmediato, de su mismo silencio, de su ser comenzaba a vivir más, un instrumento abandonado que por sí mismo comenzara a hacer sonido, los ojos mirando porque la primera materia de los ojos es mirar.

Nada la inspiraba, ella estaba asilada dentro de su capacidad, existiendo por la misma débil energía que la hiciera nacer.

Pensaba simple y claramente. Pensaba una música pequeña y límpida que se alargaba en un solo hilo y se enredaba clara, florescente y húmeda, agua en agua, meditando un tonto arpegio.

Pensaba sensaciones intraducibles distrayéndose secretamente como si canturrease, profundamente inconsciente y obstinada, ella pensaba un solo trazo fugaz: para que las cosas nazcan necesitan tener vida, pues nacer es un movimiento, si dijeran que el movimiento es necesario solamente a la cosa que hace nacer y no a la nacida no es cierto porque aquello que hace nacer no puede hacer nacer algo fuera de su naturaleza y así siempre da nacimiento a una cosa de su propia especie y también con movimientos, de ese modo nacieron las piedras que no tienen fuerza propia pero alguna vez fueron vivas porque si no no habrían nacido y ahora ellas están muertas porque no tienen movimiento para hacer nacer otra piedra.

Ningún pensamiento era extraordinario, las palabras así lo serían. Sin inteligencia ella pensaba su propia realidad como si la viera y nunca podría usar lo que sentía, su meditación era un modo de vivir. Le llegaban informes de sí misma aunque al mismo tiempo titilaban en ella algunas cualidades precisas y delicadas, como delgados números penetrando en números delgados y súbitamente un nuevo número leve sonando pulida y secamente, mientras la verdadera sensación del cuerpo entero era expectante.

Y finalmente, algo sucedía tan distante, ay, tan distante y tan reducido a un sí que ella se cansaba aniquilada, pensando ahora en palabras: estoy muy muy cansada..."

Clarice Lispector  - La araña


"Si Kafka fuera mujer, Si Rilke fuera una brasileña judía nacida en Ucrania. Si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cincuentona. Si Heidegger hubiera podido dejar de ser alemán, si hubiera escrito la Novela de la Tierra. Por qué cito todos estos nombres? Para intentar perfilar el terreno.
Por ahí escribe Clarice Lispector. Ahí donde respiran las obras más exigentes, ella avanza.
Pero, luego, donde el filósofo pierde aliento, ella continúa, va aún más lejos, más lejos que cualquier clase de saber. Después de la comprensión, paso a paso, se adentra estremeciéndose en el incomprensible espesor tembloroso del mundo, con el oído finísimo, alerta para captar incluso el ruido de las estrellas, incluso el mínimo roce de los átomos, incluso el silencio entre dos latidos del corazón. Vigía del mundo. No sabe nada. No ha leído a los filósofos. Y sin embargo, a veces juraríamos oírles susurrar entre sus bosques. Lo descubre todo.
Todos los movimientos paradójicos de las pasiones humanas, los dolorosos maridajes de los contrarios, que constituyen la mismísima vida, miedo y valentía (el miedo es también valentía), locura y sabiduría ( la una es la otra como la bella es la bestia) carencia y satisfacción, la sed es agua...Nos descubre todos los secretos, y, una a una, nos brinda las mil claves del mundo. Y también es experiencia suprema, sobre todo hoy en día, consistente en ser-pobre a fuerza de pobreza, o a fuerza de riqueza.

Hélène Cixous, La risa de la medusa